HOMILÍA  EN LA FIESTA DE CRISTO REY

Reunidos en este santuario Votivo Nacional a Cristo Rey, hemos venido peregrinando para celebrar la liturgia de este domingo final del Año litúrgico: “Domingo de Cristo Rey”.

El lugar es el más sugestivo: hemos subido hasta la cumbre de esta montaña que se ha convertido en un majestuoso pedestal sobre el cual se encuentra colocada la imponente imagen de Cristo Rey que desde las alturas nos mira con mirada serena; nos protege y nos bendice. El es el que nos congrega y nos da seguridad. Es el Rey y Pastor del que nos habla la liturgia de hoy.

La primera lectura de la misa de este domingo está tomada del profeta Ezequiel; es un himno a la ternura de Dios: “yo mismo buscaré a mis ovejas y las cuidaré… las reuniré, las conduciré a pastos abundantes. Buscaré a la oveja perdida y llevaré al redil a la extraviada; vendaré sus heridas y curaré a la enferma”.

Esta descripción se cumple de manera sorprendente y maravillosa en la venida de Dios al mundo en Cristo; es Dios mismo que ha descendido para ser compañero nuestro de camino. Toda la vida de Cristo, sus palabras, sus milagros y, especialmente, su muerte y su resurrección, con como la traducción de lo que anunció el profeta Ezequiel ahora verificado en hechos concretos, en realidades históricas.

Por eso hemos respondido con el salmo responsorial, manifestando el júbilo y la admiración que experimentamos al sabernos ovejas amadas con tanta ternura divina: “El Señor es mi pastor, nada me puede faltar. El me hace reposar en pastos abundantes y me conduce a fuentes tranquilas”.

Las lecturas de este domingo nos llevan también a otra consideración: el evangelio nos presenta la imagen imponente y majestuosa de Cristo, Juez y Señor de todo lo creado. Nos revela hacia donde se conduce el curso de la historia; nos orienta hacia el término, hacia el juicio final.

El evangelio de S. Mateo nos presenta una parábola en la que Cristo se nos revela como Juez y Señor de todo lo creado. Es un cuadro grandioso y sobrecogedor. Todos los hombres son congregados, todas las naciones son sometidas al juicio, todas sin excepción, y allí yo puedo verme también en medio de esa inmensa multitud. Todos presentes para recibir la sentencia más justa, la que nos mide conforme a la verdad que nadie podrá ocultar porque corresponde a la verdad interna, a lo que somos, la que Dios conoce de nosotros.

Habrá juicio y habrá sentencia; habrá separación entre los que hicieron el bien y los que hicieron el mal. Esta es la justicia de la que tenemos hambre y sed. Se extiende por nuestro mundo un clamor: “queremos justicia” pero nuestras ansias se ven frecuentemente burladas. La justicia de este mundo, la que marcan los hombres con sus sentencias nos defraudan: la corrupción hace que los criminales y malhechores sean declarados inocentes y los inocentes sean sentenciados como culpables. Algo dentro de nosotros nos dice que tiene que haber una justicia superior, un juez que no se deja corromper; al final, en el juicio de Cristo se verá satisfecha nuestra legítima aspiración a la justicia, que no es lo mismo que la venganza.

El tema del juicio es el comportamiento que hayamos tenido con aquellos a quienes Cristo llama “mis hermanos más pequeños”. Son ellos, los pequeños el metro con el que seremos medidos, evaluados todos los hombres.

Cristo Rey, Juez y Señor de la historia nos juzgará de lo que es determinante: la disponibilidad, la sensibilidad que hayamos tenido para con lo pequeños, que son considerados como los más importantes ante los ojos de Dios. Así se nos manifestará la grandeza de nuestro Rey: no en una actitud triunfalista, sino en hacerse presente en la forma del necesitado: hambriento, sediento, enfermo, encarcelado… y podríamos añadir tantas formas de necesidades cuantos vacios y dolencias caben en el cuerpo y en el alma del ser humano: “Cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos, me lo hicieron a mi”.

Seremos juzgados y sentenciados por nuestro amor, no sólo de palabra, sino de obra, al hermano necesitado.

En el ambiente de nuestro mundo moderno la práctica de esta exigencia evangélica la podemos cumplir no sólo con la dádica al menesteroso, sino también con el compromiso eficaz por transformar las situaciones que van creando cada vez una mayor cantidad de pobres y desamparados.

Vivir conforme a los criterios del evangelio es comprometernos para que la vida sea digna para todos; usar todos los recursos a nuestra disposición para parar esta maquinaria de injusticia, de mentira, de abuso y de acaparamiento. Unirnos para que haya menos manos pidiendo pan, menos encarcelados injustamente, menos abandonados y solitarios.

Meditar en el juicio final es ciertamente un pensamiento que nos hace reflexionar; hombres y mujeres infinitamente más santos que nosotros han temblado; pero la liturgia no ha querido traer esta meditación en la fiesta de Cristo Rey para hacernos temer; más bien para hacernos descubrir con serenidad que estamos todavía en tiempo de mejoría que este es un día de ofrecimiento de salvación. Hoy Cristo Rey se nos presenta como el Buen Pastor; lo es de verdad, en el sentido que lo ha prometido por boca del profeta Ezequiel. Cristo está en medio de nosotros alimentándonos con el pasto substancioso de su Cuerpo Eucarístico. Si acaso descubrimos que somos ovejas heridas, enfermas en el espíritu por el pecado, por el cansancio o la falta de entusiasmo para seguirlo, Él está dispuesto a vendar las heridas, a curarlas con el aceite del perdón y de su consuelo.

Y nosotros repetimos una vez más: “El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar”.

Noviembre 20 de 2011.

 

José G. Martín Rábago

Arzobispo de León.