Necesitamos remontar a los orígenes del cristianismo para comprender la riqueza espiritual que la sangre de los mártires aportó a las generaciones de la naciente Iglesia. Abundan las narraciones que nos garantizan la grandísima impresión que provoco en el ánimo de los primeros cristianos la saña con que los verdugos destrozaban los miembros de las víctimas indefensas, mujeres, niños… se horrorizaban ante la atrocidad de las torturas en el Circo y en los lugares públicos donde eran ejecutados los cristianos. Sin embargo, lo que motivo el empeño por guardar la historia del martirio fue, sobre todo, la ejemplaridad del testimonio de quienes así confesaban, con una valentía inquebrantable, su fe en Jesucristo.

Hoy nos es especial necesidad cultivar el recuerdo los mártires de todos los tiempos, pero especialmente de los más cercanos a nosotros. La espiritualidad de los mártires nos es indispensable para afianzar la convicción de que Cristo y su Reino son dignos de ser amados por sobre todas las cosas. Necesitamos proclamar nuestra fe en la vida eterna. Necesitamos decirlo a un mundo que sólo se permite tener opiniones o seguridades provisionales; necesitamos cultivar un cristianismo que proclama la existencia de verdades absolutas que no Queremos imponer, pero que si queremos confesar con certeza, con una certeza que se hace invitación a ser creída.

En la Beatificaciónde los Mártires Mexicanos decía el Papa Juan Pablo II; “No dejen apagar la luz de la fe. México sigue necesitándola para construir una sociedad más justa, más solidaria. Tengan la valentía de testimoniar el Evangelio en las calles y plazas, en los valles y las montañas”.

(cfr. Dn. José G. Martín Rábago, Obispo de León, de la Beatificación de los Mártires de san Joaquín”)