MISA DE BEATIFICACIÓN DE LOS MÁRTIRES MEXICANOS 20 DE NOVIEMBRE 2005 EN GUADALAJARA.

Dentro de la celebración Eucarística, en el momento determinado. El Eminentísimo Sr. Cardenal Juan Sandoval Iñiguez. Dio la Bienvenida al enviado del Papa Benedicto XVI para que en su representación realizara la Beatificación de los 13 mártires mexicanos. Ocho de Guadalajara encabezados por Anacleto González Flores, tres de la Diócesis de León; el P.J. Trinidad Rangel, R.P. Andrés Solá y el Laico Leonardo Pérez. Además un niño adolescente de la Diócesis de Zamora, Mich. José Sánchez del Rió y el Sacerdote Darío Acosta Zurita de la Diócesis de Veracruz. En un ambiente de alegría y expectación escuchamos al Cardenal Juan Sandoval Iñiguez.

 Palabras de Bienvenida al Card.

Saraiva Eminentísimo Señor Cardenal JOSE SARAVIA. MARTINS,

Prefecto de la Congregación para las causas de los Santos:

Con gozo y veneración recibimos a su persona, como digno Representante del santo Padre Benedicto XVI, que le ha confiado la noble misión de declarar BEATOS al Grupo de los Trece Mártires Mexicanos, encabezados por Anacleto González Flores, en esta Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, tan sentida por el Pueblo de México.

Al presidir esta histórica celebración, queremos ofrecerle nuestro respetuoso saludo y nuestra cordial bienvenida, de parte del Episcopado, del Presbiterio y de todos los Miembros del Pueblo de Dios que peregrina en estas tierras mexicanas, y muy especialmente, de las Iglesias Particulares de donde han brotado estos Trece Testigos Fieles, que son gloria y honor de las Iglesias de Guadalajara, León, Zamora, Veracruz y San Juan de los Lagos.

Queremos interpretar esta solemne celebración, a la luz de la Historia de la Salvación, como lo evoca el Libro del Apocalipsis, al presentar la suerte de los que han sufrido persecución violenta, hasta el martirio, y que han alcanzado la salvación definitiva, y participan ya de la Liturgia Celeste: <<Esos son los que han salido de la gran persecución; han lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero, por eso están ante el trono de Dios, sirviéndole noche y día en su santuario>> (7,14-15).

La iglesia Universal, presidida por el Papa Benedicto XVI, reconoce que Anacleto González Flores y sus doce compañeros, entregaron sus vidas por seguir fielmente a Jesucristo, Rey y Señor del universo, y proclamar a Santa María de Guadalupe como Madre del Redentor y Madre nuestra. Nuestros Mártires no temieron la muerte y derramaron su sangre, que ahora es para nosotros <<Semilla de Cristianos>>.

Hoy, nosotros volvemos la mirada hacia nuestros Mártires, fruto el más preciado de la fe, sembrada aquí hace cinco siglos, para tenerlos como intercesores ante Dios, y para beber en esa límpida fuente, el torrente de virtudes heroicas que nos han legado, resaltando, especialmente el testimonio de la vida de los laicos, que desde la adolescencia hasta la vida madura, se santificaron en las carreras profesionales, en los trabajos ordinarios, en los liderazgos sociales, en la vida de oración y en los diversos apostolados, sin faltar por igual el testimonio de los sacerdotes en el desempeño heroico de su Ministerio.

Nuestros Mártires ofrendaron la vida por la paz y la unión de los mexicanos. Por eso en el largo camino de reconciliación e integración que debe recorrer nuestra Patria, ellos tienen un papel importante. Como Cristo en la Cruz, murieron perdonando a quienes les quitaban la vida. Su ejemplo luminoso de lealtad y constancia, despierta ya sentimientos nobles de perdón y reconciliación y elevados ideales en el pueblo mexicano.

Sea Bienvenido, Eminentísimo Señor Cardenal. Que el Espíritu Santo lo siga asistiendo en su ardua pero grata labor de promover el reconocimiento de la santidad en el ámbito de la Iglesia Universal. Le suplicamos lleve al Vicario de Jesucristo nuestro afecto y nuestra firme adhesión a su Persona y a su Magisterio, y le comunique el profundo gozo y grandes esperanzas que nos ha infundido el reconocimiento de nuestros Mártires Mexicanos.

Guadalajara, Jalisco, México, a 20 de noviembre de 2005 Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo.

 Juan Card. Sandoval Iñiguez,

Arzobispo de Guadalajara

PALABRAS DE AGRADECIMIENTO POR EL ACTO GLORIOSO DE LA BEATIFICACIÓN POR EL OBISPO DE LEÓN GTO. MONS. JOSÉ GUADALUPE MARTÍN RÁBAGO

Eminentísimo Señor Cardenal José Saraiva Martins:

Ruego a Su Eminencia sea portador ante Su Santidad el Papa Benedicto XVI de los sentimientos de nuestra filial gratitud por haber tenido a bien decretar que los Venerables Siervos de Dios Anacleto González Flores y Compañeros, de ahora en adelante sean llamados Beatos y puedan ser venerados según las reglas establecidas por el derecho.

Estos son sentimientos compartidos por los Pastores y Fieles de la Arquidiócesis de Guadalajara y la las Diócesis de León, Zamora y Veracruz.

Queremos también manifestar a Su Eminencia nuestro gozoso reconocimiento por haber aceptado venir a nuestra patria y aquí, con nuestra gente, presidir la emotiva liturgia de Beatificación de nuestros mártires. Este acto tendrá, estamos seguros, hondas repercusiones en la obra evangelizadora, no sólo de las Diócesis de origen de los nuevos Beatos, sino en todo el territorio nacional. En ellos se nos ofrece un ejemplo coherente de la máxima expresión del amor a Dios, por encima de todo. Su testimonio nos estimula a confesar a Cristo ante los hombres y a seguirlo en el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia (Cfr.L.G.42).

Esta Beatificación no tiene otra finalidad que conservar la memoria de testigos tan valerosos de la fe cristiana; cualquier otra interpretación seria desvirtuar el empeño con que se ha orado y trabajado en nuestras Diócesis, por alcanzar el reconocimiento oficial de que su muerte fue por odio a la fe y de que murieron perdonado a sus verdugos.

Queremos exaltarlos para que ardan como antorcha colocadas en un lugar elevado y con su luz ilumine los caminos de nuestra peregrinación hacia la santidad.

Su muerte, ofrenda de martirio, se convierte para nosotros en predicación absolutamente creíble de la fe en la vida eterna y de la bienaventuranza con que Dios recompensa a quienes perseveran en la fidelidad.

Por estas convicciones que han sido renovadas y reafirmadas, a través de la Beatificación de nuestros mártires, una vez más. Eminentísimo Señor Cardenal, reciba nuestra gratitud y la seguridad de que encomendaremos al Señor el valioso servicio que le ha sido confiado en beneficio de la Iglesia.

Queremos manifestar nuestra gratitud orando especialmente por la persona del Santo Padre para que con su palabra y su ejemplo siga conduciendo al Pueblo de Dios que le ha sido confiado y sea principio y fundamento visible de la unidad en la fe de la comunión en el amor.

Que el Señor recompense a Su Santidad el Papa Benedicto y a Usted, Eminentísimo Señor Cardenal.

José G. Martín Rábago Obispo de León

HOMILÍA DEL CARD. JOSÉ SARAIVA MARTINS ESTADIO JALISCO DE GUADALAJARA DOMINGO 20 DE NOVIEMBRE DE 2005 SOLEMNIDAD DE CRISTO REY

1. Saludo, especialmente, a los Eminentísimos Señores Cardenales, a los Excelentísimos Señores Obispos, a las Respetables Autoridades, a los sacerdotes y fieles que son de las diócesis en donde estos mártires nacieron o derramaron su sangre. Además, dirijo mi saludo también a los familiares de estos nuevos beatos, y me uno a su acción de gracias.

<<El Señor es mi pastor, nada me faltará>> (Sal 22,1). La Iglesia en este día proclama a Jesucristo como Rey del Universo. La imagen de rey-pastor que recoge el profeta Ezequiel, se identifica plenamente con Jesucristo, el buen Pastor que da la vida por sus ovejas (Jn 10,11), quien consumada su misión, entregará el Reino a su Padre para que Dios sea todo en todas las cosas (cf. 1 Cor 15,24-28). Él es el Pastor y Rey de la humanidad que conduce a su rebaño hacia fuentes tranquilas, mostrando especial solicitud por aquellas ovejas heridas y extraviadas.

Además, Cristo es Rey, pues Él es el <<primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas… Él es al principio… pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la plenitud, y reconciliar por Él y para Él todas las cosas>> (Col 1,15.17-20), tal como lo afirma el apóstol San Pablo.

2. Esta Solemnidad de Cristo Rey tiene un significado muy especial para el pueblo mexicano. El Papa Pío XI, al finalizar el Año santo de 1925, proclamo esta fiesta para la Iglesia Universal. Pocos meses después, iniciarían en estas tierras la persecución contra la fe católica, y bajo el grito de ¡Viva Cristo Rey! morirían muchos hijos de la Iglesia, reconocidos como mártires, de los cuales 13 hoy han sido beatificados.

Los mártires son los testigos privilegiados de la realeza de Cristo. En ellos había una conciencia clara de que el reinado de amor de Cristo debía ser instaurado, aun a costa de su propia vida. Igualmente, la fe de los mártires es una fe probada, como atestigua la sangre que por ella han derramado (Cfr. San Agustín, Sermón 329). Ellos, junto con todos los santos, son los benditos que han de tomar posesión del reino preparado para ellos, desde la creación del mundo (cf. Mt 25,34), como escuchamos en el Evangelio apenas proclamado.

3. Además, esta fiesta adquieren este día un significado particular. Hoy la Iglesia de México contempla, con singular alegría, la fe y la fortaleza de estos 13 varones, quienes, en el reconocimiento del reinado de Cristo, ofrecieron sus vidas, de una manera heroica, entre los años de 1927 y 1931. En situaciones adversas y en diferentes Iglesias particulares, estos hijos fieles de la Iglesia dieron un testimonio loable de los compromisos adquiridos el día de su Bautismo, logrando ser capaces de derramar su sangre por amor a Cristo y a su Iglesia, que era injustamente perseguida.

De entre estos 13 nuevos beatos, es significativo que diez fueron laicos, originarios de los estados de Jalisco, Michoacán y Guanajuato. Cinco de estos laicos eran casados y formaron familias cristianas; los demás, si bien no fueron casados, eran miembros de familias cristianas piadosas y de recias costumbres.

Asimismo, este nuevo grupo de mártires cuenta con tres sacerdotes, que murieron por desempeñar heroicamente su ministerio sacerdotal y misional, como fue el caso del misionero claretiano español, Andrés Solá Molist. C.M.F., quien murió, después de una larga y penosa agonía, junto con el Padre José Trinidad Rangel y el laico Leonardo Pérez Larios. De igual manera y en circunstancias similares, el sacerdote veracruzano, Ángel Darío Acosta, quien no escatimo sus mejores esfuerzos para ejecutar su ministerio sacerdotal en un clima adverso y de persecución y recibió el martirio. A ejemplo de Jesucristo, el Buen Pastor, estos sacerdotes junto con los 22 sacerdotes mexicanos diocesanos canonizados en Roma, durante el Gran jubileo de la Encarnación, en el año 2000. por el Papa Juan Pablo II, son un modelo y ejemplo de caridad y celo Pastoral heroico.

 Principalmente para todos los sacerdotes mexicanos.

4. La lista de estos beatos esta encabezada por Anacleto González Flores, quien derramó su sangre junto con los hermanos Jorge y Ramón Vargas Gonzáles, al igual con Luis Padilla Gómez, en esta ciudad. Bajo el grito <<Yo muero pero Dios no muere>>. ¡Viva Cristo Rey!>>, Anacleto González Flores entregaba su vida al creador después de una vida de intensa piedad y de un fecundo y audaz apostolado. Durante su vida, después de recibir una sólida formación humana y cristiana, dedicó a luchar por los derechos de los más desprotegidos. Conocedor fiel de la Doctrina Social de la Iglesia buscó, a la luz del Evangelio, defender los derechos elementales de los cristianos, en una época de persecución.

Dentro de los derechos que más defendió Anacleto González y sus compañeros mártires, se encontraba el de la libertad religiosa; derecho que se desprende de la misma dignidad humana. Como señala el Concilio Vaticano II: <<esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obra contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos>> (“Dignitatis Humanae” 2).

Movidos por un profundo amor a Jesucristo y al prójimo, estos nuevos beatos defendieron pacíficamente este derecho, aun con su propia sangre. Ellos, lejos de avivar los enfrentamientos sangrientos, buscaron la vía pacifica y conciliadora que les reconociera este y otros derechos fundamentales, que habían sido negados a los católicos mexicanos. Por el contrario, Anacleto González y compañeros mártires, buscaron ser en la medida de sus posibilidades, agentes de perdón y factores de unidad en una época en que el pueblo se encontraba dividido.

5. Convencidos de que <<la vida es Cristo, y la muerte una ganancia>> (Flp 1,21) nuestros mártires alimentaron ese deseo por la frecuente participación y adoración de la Sagrada Eucaristía. Efectivamente, la profunda devoción eucarística es uno de los rasgos comunes de estos 13 mártires. Todos ellos, sacerdotes y laicos, mostraron un singular amor a Jesucristo en la Eucaristía. Es de especial mención que tres de los nuevos beatos, los hermanos Ezequiel y Salvador Huerta Gutiérrez, al igual que Luis Magaña Servín, fueron miembros de la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento; Asociación de larga tradición en el pueblo mexicano. De la oración frecuente y ferviente delante del Santísimo Sacramento, estos hermanos nuestros obtuvieron la fortaleza sobrenatural de soportar cristianamente el martirio, llegando, incluso, a perdonar a sus mismos verdugos.

La intensa vida eucarística de estos beatos debe ser para nosotros un ejemplo y aliento para acrecentar, cada vez más nuestra propia vida eucarística. A pocos días de haber concluido el Año de la Eucaristía, y a un año de la gozosa celebración del XLVIII Congreso Eucarístico Internacional, llevado al cabo en esta querida ciudad de Guadalajara, pedimos la intercesión de estos fieles hijos de la Iglesia para que nos ayuden a acrecentar el respeto, la activa participación y la digna recepción de Jesucristo presente en la Eucaristía. A ellos les pedimos además la gracia de ser humildes adoradores del Santísimo Sacramento, como ellos lo fueron. Que el ejemplo de su vida de entrega hasta el martirio, sea para nosotros un modelo privilegiado de auténtica espiritualidad y de profunda vida eucarística.

6. Por su valentía y corta edad, merece una especial mención el adolescente José Sánchez del Río, originario de Sahuayo, Michoacán, quien, a la edad de 14 años, supo dar un testimonio valeroso de Jesucristo. Fue un ejemplar hijo de familia, que se distinguió por su obediencia, piedad y espíritu de servicio. Desde los comienzos de la persecución en él se despertó el deseo de ser mártir de Cristo. Era tal su convicción de querer derramar su sangre por Cristo, que admiraba a quienes lo conocían. Pudo recibir la palma del martirio, después de ser torturado y dirigir a sus padres estas últimas palabras: <<nos veremos en el cielo. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!>>.

El joven beato José Sánchez del Río nos debe animar a todos, principalmente a ustedes jóvenes, para ser capaces de dar testimonio de Cristo en nuestra vida diaria. Queridos jóvenes, probablemente Cristo no les pida el derramamiento de su sangre, pero sí les pide, desde ahora, dar testimonio de la verdad en sus vidas (cf. Jn 18, 37); en medio de un ambiente de indiferencia a los valores trascendentales y de un materialismo y hedonismo que busca sofocar las conciencias. Cristo espera, además, su apertura para poder recibir y acoger un proyecto vocacional por Él preparado. Sólo Él tiene, para cada uno de ustedes, las respuestas a los interrogantes de sus vidas; y los invita a seguirlo en la vida matrimonial, sacerdotal o religiosa.

7. <<Vengan benditos de mi Padre, tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo>> (Mt 25, 34). Nuestros mártires deben ser también para nosotros un modelo de amor incondicional a Dios y al prójimo. El ejemplo de su vida e intersección deben ayudarnos a vivir generosamente nuestra vida, de cara a los demás, recordándonos siempre las palabras de Jesús: <<Cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron>> (Mt 25,50).

La caridad que estamos llamados a vivir, el mandamiento nuevo (Jn 13,34), supera todo límite impuesto por una lógica humana y egoísta. Se trata de una caridad que se traduce en unidad, respeto, servicio, ayuda eficaz y efectiva al necesitado; de una caridad vivida, muchas veces, de manera heroica, dentro de la misma familia y fuera de ella; de una caridad que, a ejemplo de Cristo y de sus mártires, esta siempre dispuesta a perdonar.

Asimismo, nuestros nuevos beatos también merecen el reconocimiento de haber sido hijos fidelísimos de la Iglesia Católica y de la persona del Romano Pontífice. Les pedimos, también para nosotros, una fidelidad heroica a la iglesia y a la persona y enseñanzas del Romano Pontífice, pues ellos son para nosotros una legítima expresión de la frase que tanto gustaba repetir al Papa Juan Pablo II: <<¡México, siempre fiel!>>.

<<Todos los tiempos son de martirio>> -advierte San Agustín de Hipona (Sermón 6)- pues, << todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución>> (2 Tim 3, 12). Queridos hermanos: vivir plenamente nuestra entrega fiel y de todos los días a Cristo, y por amor a Él y a todos los hombres, implica muchos sacrificios y renuncias. No obstante, Cristo estará siempre dispuesto a darnos la fortaleza necesaria para poder servirlo y amarlo en nuestros hermanos, principalmente en los más desvalidos y necesitados de nuestro amor, comprensión y perdón.

8. Finalmente, estos 13 hijos fieles de la Iglesia, tenían otro rasgo en común. Además de su intensa vida eucarística, se distinguieron por su filial devoción a la Madre de Dios, en su advocación de Santa María de Guadalupe. La mayoría de ellos, como los otros santos mártires mexicanos ya canonizados, murieron con su nombre en los labios. A ella le pedimos su maternal protección, muy especialmente por todo el pueblo mexicano, al igual que por todo el continente, para que el entusiasmo se conserve y acreciente.

Junto con ella, la Madre de la Nueva Evangelización, damos gracias al Padre por estos nuevos beatos. De la misma manera, demos gracias por la Iglesia de México, que no deja de dar frutos de santidad. Que Cristo Rey, el buen Pastor, reine en cada uno y en todos nuestros corazones. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe! Amén.